COMO DECIDI APRENDER A SER UN COBARDE

Maurice Molarsky, Woman in white fur wrap

Un buscador de hombres, un patriota sin patria, un perdedor inveterado que porta a sus espaldas, como una penitencia, la mecha chamuscada de un bomba de lógica que un día le explotó en el corazón al ir a analizar con calma un mar de silogismos.

Me han dicho que me he vuelto loco de repente, en una tarde, y mezclo el pasado y el presente, confundo el que ahora soy con el que he sido. Que ha variado, sin causa aparente, mi perspectiva del mundo y sus gentes y en plena conversación acostumbro a divagar y contradecirme. Que me pongo a hablar de un mastín sin dueño que por las noches vela el sueño de las niñas con bucles que salen en los cuentos, de un guepardo risueño que araña a las arañas que quieren asustarlas. "Todas esas cosas que imagino las convierto en realidad a mi solo capricho" mantienen que les he dicho para tomarles el pelo. Y les respondo que no, que a mi forma de ser no la vuelven del revés los accidentes.

Preguntas y más preguntas, respuestas y más respuestas, para que les quede claro que no he cambiado: que si me tocara la loteria seguiría siendo pobre; si se publicara lo que escribo seguiría siendo sabio... nadie... un infeliz como hasta ahora, y por los siglos de los siglos. Para que sepan todos ellos que si me iluminara la luz proseguiría andando a oscuras. Y si una princesa rubia me besara en los labios seguro que ahí continuaría: croando a pleno pulmón... subido a una piedra en el centro del charco. Para que se enteren de una vez por todas que no les miento.

"No, no creo que nada fuera a mudar de raíz porque de repente, una tarde, una de tantas, yo me volviera loco", les repito. Y ellos me contestan que ya lo estoy, que eso es lo que soy, un loco, pero que ni siquiera he llegado a apercibirme del detalle. Lo hacen con otras palabras, ¡claro!.

Nunca me he sentido Napoleón y tampoco creo que jamás lo llegara a ser por mucho que me fallará el juicio. Siempre me han interesado los libertinos, los aventureros, y seguro estoy de que un tipo como Casanova no iba a dejar de llamarme la atención porque en un futuro mi razón llegase a flaquear. Y bien loco, loco como un cencerro como una regadera, de proclamarme erudito, un Séneca o algo así, una venada de esas que solo se les ocurren a los locos, estoy seguro de que continuaría entreteniéndome con las páginas del ¡HOLA!. Ellos me responden que así lo vengo haciendo y me muestran un número muy viejo, con una foto de Marta Chávarri en la portada, que mantienen haber encontrado escondido debajo de mi somier. Ni puto caso. Y aún más loco, más loco todavía que un psiquiatra, no me imagino, tampoco, que fuese a dejar de echarles un vistazo a las chicas desnudas que salen en INTERNET porque en mi fuero interno de majara me sintiese una especie de asceta o un santo. Manías, ambas, muy propias también de chiflados, las dos. Y ellos me contestan, entonces, que la red es perniciosa porque con tanta pantalla, y tanto color, provoca disipación, disgresión, perturbación.

A veces recapacito y me digo que es posible que algo, dentro de lo anómalo, puede que sí me sucediese aquella tarde. Perdí, sin saber el como ni el porqué, el sentido. Y a partir de entonces, justo es reconocerlo... es verdad que a veces renuncio a defender mi razón cuando me siento acorralado, los electrodos hacen pupa, que hay otras en las que me meto la lengua en salva sea la parte y me pongo a contar hasta trescientos antes de enfrascarme en discusiones, la vida tiende a moverse al ralentí cuando uno está atiborrado de valiums, y otras más en las que, sin yo casi esperármelo, empiezo a repartir enhorabuenas a todo bicho viviente -por ejemplo, a las monjas teresianas- por chorradas que les gusta hacer y que en el fondo a mi me la traen floja, los efectos entrañables del prozac. "¡Qué más da!" -me digo cuando esto me ocurre- "a los locos se les quita la razón aunque la tengan: carecen de prestigio aristotélico; los clinch los termina deshaciendo casi siempre el más estilista de los dos púgiles; y mi gusto es tan personal, mis ídolos tan raros todos ellos, que es posible que adolezca, sin siquiera sospecharlo, de enormes carencias de criterio".

"Días de locura, días de renuncia" anoto en un cuaderno que me dieron el otro día, en el comedor, para que vaya escribiendo en él lo que se me ocurra.

"A todos suelen caernos más o menos bien los perdedores, porque todos, más o menos, nos reconocemos a veces como uno de ellos, uno de tantos. A todos nos dan miedo los locos y nadie desea convertirse en uno de ellos. Pero la locura existe. Lo debes saber..." me dice a veces, siempre muy despacio, poniéndose muy serio, el doctor Amezcua sin que jamás venga a cuento. Le odio.

Y hoy, ahora, tengo miedo, a todos les tengo miedo. Estoy loco. O eso dicen. Y es posible que a causa de todo esto que me está pasando, y les estoy contando, me ponga a intentar a aprender, a partir de mañana, como hay que hacer para poder seguirles la corriente a los cuerdos. Pero de momento, esta noche, a pesar de no encontrarme demasiado bien de la cabeza, cuento aún con los arrestos suficentes para mandarles a tomar por culo a los médicos.